Intempestiva charla con un conejo

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A paso lento. Observando las caras de los deprimidos que no llegan a fin de mes. Lágrima tras lágrima, gota tras gota, sudor con sangre. Veo las expresiones de cansancio tras una agotadora jornada de trabajo clavarse en sus rostros. Allá donde están las muecas de tristeza, veo olas de falsa alegría ahogando los intentos de aparentar un intento de felicidad. Peones. Simples peones en una partida ya perdida. Están vivos pero pero sin vivir. Y ahora muertos.

-Jaque mate.

Siento una desbordante tristeza por estos pobres vagabundos, que vagabundean por el fondo de ese cartón de vino peleón. Pero ellos tienen parásitos. Parásitos del pasado y del presente tienen que ser ahogados, eliminados y cercenados como un miembro con gangrena. Solo miran a los rostros de los que pasean con la esperanza de que les caiga la suerte del cielo. Ellos tienen que mirar lejos, mas allá de su propia voluntad, para poder lograr la valentía de vivir en ese estado de rechazo social sin desear arrancarse la vida de cuajo. Ellos cogen su tiempo como si fuese un puñado de arena, y lo van soltando poco a poco, sabiendo que antes o después toda la arena saldrá volando hacia el horizonte, sin más. Y por ser ellos mismos parte de la arena, se desvanecerán en el olvido.

Tic

Tac

Tic

Tac

Nuestro gran problema es la falta de libertad. El estrés y las prisas que tenemos por inercia social. Qué mal está organizado todo para que vivamos así. Vamos pisando huevos, como si el conejo de Alicia en el País de las Maravillas me siguiera, transmitiéndome su esquiva actitud ante la sociedad. Pero sería una cagada ir demasiado deprisa y no darme cuenta de que me voy a caer en un agujero, como Alicia. Siempre con los ojos abiertos, buscando en pos de un depredador, un opresor o un desamparado que necesite compartir un poco de dolor existencial. Hambre tenemos de existencia, y por eso nos hemos comido nuestras almas.

Tic

Tac

Tic

Tac

-Se acabó.

Nos hemos quedado sin tiempo para pensar a dónde vamos, y a lo largo de nuestra vida simplemente, ciegos, hemos ido a donde nos han dicho. Sin lazarillo, hemos ido chocando y tropezando con el destino para deshacer lo hecho y hacer lo ordenado. Basta ya. Rebeldía ante todo. Pero no ante la sociedad ni la autoridad, sino ante el auténtico opresor: el destino.

Hagamos ríos de arena. Destruyamos dunas de agua. Vayámonos a la Luna. Amemos. Odiemos. Pero ante todo, caminemos hasta el final del camino, y si existe tal final, demos la vuelta y volvamos al principio para llorar por ser tan necios.

-Jamás acabará. Jamás. Llego tarde. Adiós.

-¿Por qué tanta prisa, Señor Conejo?

-Calla, necio. Corre y no te pares.

-…

-Muere. Vive.

-Adiós.

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