Las ratas también tienen caprichos

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Igual que Brandini. De pie. En medio de la habitación. Dándome golpes contra las paredes por no tener ni una sola idea buena en la cabeza para escribir algo decente. Algo que brille como las estrellas sobre un estanque en la oscuridad nocturna, escondido entre sauces en las montañas mas frías y altas de la Tierra. Pero no. Murcia en pleno junio. Mis sesos derritiéndose dentro de mi mismo, igual que el helado que se le derrite a un niño. Y entonces, el niño llora por que su madre no le quiere comprar otro helado. Al igual, mi madre no me quiere comprar un cerebro nuevo, para crear historias brillantes. Rápidas y espontáneas, impacientes a que el semáforo se ponga verde para salir a toda velocidad para estrellarse sobre el folio.

Bossanova en mi cabeza. No entiendo el portugués, pero seguro que estas canciones dicen algo poético. Algo artístico. Pero no tiene por qué. Siempre nos esperamos más de las cosas que no entendemos, como la religión o las drogas. Ese gran viaje espacial que nunca llegó, o ese Paraíso prometido que nunca obtendré. Más felices son las ratas por vivir en las cloacas, preocupadas únicamente por conseguir algo que roer, y de vez en cuando, un trozo de queso. Pero no un trozo cualquiera. Un trozo perfectamente amarillo, con agujeros en los sitios adecuados. Construir el cliché. Las ratas también tienen caprichos.

Muy a menudo me acuerdo de las autopistas; de lo rápido que pasan los coches sin importarles lo que dejan atrás. No saben que dejan atrás lo más importante de un viaje tan semejante a la vida: los momentos irrepetibles, y los llantos sobre ese coche que fue cobijo cuando tus padres te echaron de casa; cuando solo tenías ese Seat León del 94′. Y todas esas manchas de café sobre los asientos; las quemaduras de los cigarrillos mal apagados; el pintalabios que se dejó aquella mujer. Un coche y un camino. Qué buen nombre para una novela. Pero de esas que sacan ahora, con desenlaces tristes que avecinan una continuación aún más triste. Con razón vivimos en una sociedad infeliz. Solo pensamos en mierda, joder, nada más que en mierda.

Pero bueno. Ya me he sentado. Ahora tumbado. Igual que Brandini, tumbado en la cama, imaginando a grandes editoriales contratándome. Visualizando a la perfección lo miserable que sería yo si fuese rico. Siendo miserable pobre; superior es la miseria que me poseería si tuviese más billetes que dedos en las manos. Las personas, que de estrellas salimos y en basura nos hemos convertido. Qué desperdicio de polvo estelar, siendo ahora sacos de mierda de aproximadamente 80 kilos, durmientes y soñantes con solo un sino: dinero.

Pero prefiero ahogarme en agua salada que en monedas. Seguro que es más llevadero. Por no decir que con el agua salada nadie muere. ¿Por qué agua salada? Por que tenemos que naufragar una vez en la vida para tragar agua, y darnos cuenta de que es mejor morir en tierra, tranquilos y serenos, con Bossanova de fondo y un tío cantando en portugués cosas que no entiendes. No entender. Esa es la clave de la vida: la ignorancia.

Vivid felices, ignorantes, que yo me voy a reventar la cabeza contra la pared, deseando ser un ignorante y no un burdo intento de escritor. Un cliché.

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