Sempiterno Edén cerebral

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Un día resulta que me gradué de Secundaria. El día comenzó como otro cualquiera. Yo me tomé mi desayuno tranquilamente, escuché algo de música, toqué la guitarra y me tomé una cerveza bien fría. Un par de ellas, la verdad. Después, dormí la siesta y leí con entusiasmo la edición rara que había encontrado de La sonrisa al pie de la escala de Henry Miller. No es que sea un gran libro pero la edición es tan antigua que la he visto valorada por 40 euros. Simplemente es valiosa, y ya está. Perfecta para alentar mi egocentrismo más de lo necesario.

La hora se iba acercando. A mi en realidad me la traía floja la graduación. Lo que realmente me emocionaba era el botellón que nos ibamos a pegar después. El alcohol. Si es en compañía, mejor. En solitario, mejor aún. Con una mujer: sublime. Mis neuronas lo tienen comprobado. Mis neuronas son más listas que yo.
Pero tampoco me daba igual del todo, pues de ser así no habría ido. Allí estaban todos mis compañeros, ilusionados todos por igual. Diría incluso que demasiado ilusionados. Los llantos no padecidos y las sonrisas no sentidas volaban por el aire del salón de actos. Las carcajadas y los nervios recorrían las venas de los presentes; mas las emociones mataban los sentimientos de bienestar y abstracción del mundo que tanto anhelo en mi sempiterno Edén cerebral.

Hubo un acto de misa, en la que pude ver como unos cabrones los cuales vi afirmar que eran ateos, ahora eran posiblemente la jodida descendencia de Jesucristo en el Universo. Todo por la apariencia. Todo por que si están mis padres y no me ven rezar el padrenuestro voy a tener problemas en casa. Por que la Inquisición no terminó aún. Por que es mi graduación y tengo que agradecer a la Divina Gloria de Su Salvación el que haya aprobado todos los cursos. Tengo que demostrarle a mis padres que yo confío en Dios; que el me ha ayudado a superar todos los problemas este curso. No defraudaré a mis padres y volveré a ser cristiano por treinta minutos. Eso fue lo que debían estar pensando algunos. La violación mental-situacional.

Todos con un buen traje. Yo también, orgulloso de mi pajarita granate con puntos azules. Que cojones; la gente fue a enseñar el traje, el cual sería después desprestigiado por la horrible beca de color verde la cual rompía la armonía de todos los trajes. Las mujeres llevaban unos tacones demasiado altos. Vi a chicas que jamás esperaría que me pasaran por encima del hombro, y menos aún de la cabeza. Pero era todo muy bonito, la verdad. Era todo una bellísima explosión de colores, que juntos creaban una composición homogénea de sensaciones individuales. Y luego estaba yo, con mi traje azul marino, mi pajarita y mis zapatos italianos acabados en punta. Un signo de poder simplemente. Lo que necesita alguien como yo cuando ni siquiera es el amo de su mente.

Acabado el acto, recuerdo la cerveza que me tomé con mi madre, hablando de que iba a hacer con mi vida y que quería estudiar. Un tema del que me gusta hablar pero que sobrepasa mis necesidades mentales de análisis del futuro lejano. Simplemente no es necesario discutirlo. Lo mismo voy a ser millonario y jamás vuelva a soñar con ser escritor; mas puedo soñar en ser escritor y en vivir millones de vidas, siempre triste y vagabundo por la vida. Vagabundo por el fondo de esa cerveza con mi madre.

El alcohol que precede al alcohol. El cual precede a la marihuana. La fiesta simplemente había comenzado, y que mejor manera de hacerlo que en el aparcamiento bebiendo, como la larga tradición de bakalas lo dicta. De nuevo, la vuelta a lo de siempre. La deshumanización de la humanidad individual. Horas atrás, todo el mundo presumía de un buen traje, de una buena religión y de una beca extraordinaria. Pero después, todos hablan de lo que quieren follar esa noche y de a quién quieren hacérselo. Todos con una curda de cojones. Yo también. Es necesario. Es la necesidad humana de evasión de la realidad. Amo esa evasión. Más tiempo a solas con mi mente. Más tiempo. Eso es lo que necesito. El infinito.

La fiesta acaba, y yo, taciturno y con mi mente en el amanecer y mi corazón aún en la fiesta, voy andando hacia mi casa. Observo como las clases trabajadoras se dirigen a su trabajo, y como los yonquis y la bohemia murciana se retiran como vampiros a sus escondites a esperar a la próxima noche para atacar de nuevo con sus impertinentes palabras y miradas. El camino se hace largo pero hermoso. Huelo la brisa de las seis y media de la mañana y me siento mejor que nunca. Llego a mi casa, me quito el traje y me tumbo en la cama. El alcohol me confunde y pienso que sigo aún en la fiesta, bailando y gritando. Pero poco a poco mi cuerpo se funde con mi mente, y todo mi ser se funde con el mundo onírico de mi cerebro. A dormir, y a ser posible, para no despertar.

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