Garito

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A Bob no le gustaba levantarse temprano. En realidad, no le gustaba hacer nada que tuviese que ver con despegar la espalda del colchón. Fue a la cocina, se hizo unas tostadas y un café. Bebió rápido como si le estuviesen obligando a desayunar. Se hizo un bocadillo, se pertrechó y salió a la calle.

A diez metros de su portal, estaba Vlad, el yonki polaco del barrio, tirado por el suelo, cantando una especie de oda en su idioma. Mientras escuchaba los alaridos del moribundo Vlad, Bob siguió caminando un par de manzanas.

Ahí le esperaban Damian y Sergei. El primero era su compatriota senegalés; el segundo era un compatriota del moribundo yonki de hacía unos minutos. Había más chavales, pero Bob no los conocía. Todos esperaban a un par de furgonetas, que les llevarían a la obra.

-Estoy HASTA LOS HUEVOS de este trabajo- renegaba Damian.

-¿Solo de este?

-De todos.

-Tú no te quejes, morenito, que bastante tienes con estar en Europa- dijo Sergei, después de pegar una calada profunda  a su cigarro.

-¿A quién llamas morenito, eh, hijo de puta eslavo?

Damian y Sergei casi se daban de hostias. La misma escena de todas las mañanas. Al final siempre paraban. Querían seguir vivos al final del día para cobrar su finiquito. Bob los separó.

Las furgonetas llegaron. Todos se montaron. Bob se sentó en el asiento del copiloto y esperó a que Ramón, el conductor, soltase algún comentario seudo-fascista sobre alguno de los que se encontraban en la furgoneta. Todo el mundo se mantenía expectante. Como cuando la gente va al circo y desea durante todo el espectáculo que el domador de leones acabe devorado por su propia mascota. Justo así era el ambiente en el interior de la furgoneta.

-¿Cómo vais, chavales? Hoy toca currar eh. Hacedlo como vosotros sabéis anda, que lo lleváis en la sangre.- dijo en voz alta, con un tono imperativo.

Todos se miraban dentro de la furgoneta. Algunos rieron y todo. En otras circunstancias, Ramón ya habría sido pasto de Bob y los chavales. Pero todos y cada uno de ellos necesitaban la guita. Resignados, algunos miraban por las ventanas al paisaje, otros dormían, mientras que Bob solo pensaba en formas de hacerse rico.

Llegaron a la obra. Todos bajaron. Damian llevaba la ira tatuada en los ojos.

-Mira tío, como ese blanquito  vuelva a reírse de nosotros, le descuartizo, tío. Le descuartizo y después se lo doy de comer a los putos cerdos de mi primo. Ni una más le paso al soplapollas este.

-Necesitamos el curro, compadre, no podemos dejarnos llevar. Cuando terminemos este trabajo te dejo yo el machete para rajarlo como una bestia. Mientras contrólate, cabrón.- dijo Bob con un tono con el cual se daba por hecho que Damian no tenía que cuestionarle.

De repente, una voz de cavernícola sonaba en la obra:

-¡EH! ¡VOSOTROS! ¡A CURRAR, VAGOS!

Resignados, Bob, Damian, Sergei y toda la cuadrilla, se pusieron manos a la obra. Eran las 8:13 de la mañana. Mientras amanecía, Bob observaba con cierto afán filosófico el amanecer, buscando algún tipo de portal intergaláctico que le sacase del mundo de mierda donde vivía. Algo tipo Regreso al futuro.

***********************************

Ahora eran las 20:20. Todos estaban ya de vuelta en las furgonetas. Esta vez Damian estaba de copiloto, y a los mandos estaba Manolo, que por suerte no se atrevía a despotricar delante de toda la cuadrilla africana. Bob se reía a regañadientes de esto. Damian era un tío muy grande. Un puto armario comparado con Bob. Intimidaba a todo el mundo. Una vez, Manolo, se atrevió a hacer un comentario del tipo ‘’Ramón’’, y Damian le amenazó con con quemarle la casa. La mirada de Damian es una cosa a tomar en serio. Por eso, nadie se metía con él, excepto Sergei, que era como el boxeador soviético de Rocky. Un jodido armario contra otro armario. Según Bob, mejor que las películas de boxeo.

Bajaron todos de las furgonetas. Bob y Damian fueron al chino.

-Damian,¿ no esperamos a Sergei?

-Que le jodan. Que se vaya a hacer sus cosas de polacos con sus amigos polacos a beberse su maldita cerveza de polacos y a meterse su farlopa de polacos. ¡QUE LE DEN!

Ambos fueron al chino, compraron cada uno un litro de cerveza y se sentaron en un parque. Ellos bebían, mientras tanto, a Bob se le pasaba una idea por la cabeza.

-Sabes, tío, creo que algún día saldremos de esta y seremos ricos.

-Los cojones, Bobby, de esta no se sale a menos que te pintes enterito de blanco. Estamos condenados, compadre.

-No sabría, que decirte, hermano. Oye, ¿te hace un porro?

-JODER, hermano, tú sí que sabes levantarme el ánimo.

-Ostias, espera. No tengo nada tío. Si esperas aquí hago un salto al garito y pillo un par de euros.

-Pero date prisa cabrón, que Sarah me estará ya esperando en  casa.

Bob salió a toda prisa. Subió las escaleras, tocó a la puerta. Le abrió el gitano.

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Ahí me encontraba yo, en el garito, cuando de repente tocaron a la puerta y entró  una especie de rastafari negro. De los de verdad. Todos estábamos en la cola para pillar un par de porros. El rasta estaba inquieto. Pasados unos minutos, el Bob Marley este dijo:

Oye tío, tengo prisa.

A lo que el gitano contestó:

-Pues yo no tengo, así que si tienes prisa te piras.

En aquel momento, el rastafari se dio el piro. Me pregunto qué día habría tenido Bob para tener tanta prisa.

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