”No hay que dejarse partir el cacas”

Cuando cogimos

esas bicis

comenzamos a ser realmente libres

por primera vez

desde que

vivimos.

 

Ese trayecto

de tal vez

una hora

o más

caló en mi alma

como un jodido

mandamiento.

 

Cuando a las 3 de la mañana

las posibilidades de volver a la ciudad en bici

eran escasas

decidimos ir andando

a nuestras casas

como ratas

fuera de cloaca.

 

Lionel trató de robar pintura.

Dioni ayudaba.

Yo hacía de guardia en la penumbra

por si algún tipo

trataba

de arrearnos con su porra

bien dura

en la

nuca.

 

El camino se volvió

preocupantemente

filosófico.

Escrutaba las estrellas y la luna

como un lunático

y

Lionel repetía constantemente

una frase de una peli

quinqui.

 

Por el camino iba abriendo;

prospectando

los paquetes

de tabaco

vacíos

y olvidados

durante el día

los cuales yo iba abriendo

mientras caminaba por las vías

del

tranvía.

 

A las seis estaba en casa.

Estaba sano y salvo

sin dolor articular

ni flato

(sorprendentemente).

 

Fue un trayecto

tan demente

que se me olvidó que quería un cigarro.

 

Y son las 6:38 de la mañana

y voy a fumarme

un cigarro

en mi ventana.

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