Rick Deckard es bibliotecario

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Yo me encontraba escribiendo poemas medio borracho en mi habitación. Me estaba fumando un cigarro. Oí el portazo  que anunciaba la buena noticia: mi padre se había ido a trabajar.

Era por la tarde, sobre las siete y media, cuando vi un ejemplar de Kerouac en el altillo (el cual ya me había leído) y decidí ir a la biblioteca a devolverlo y hacer el trueque. Antes de eso me puse unos pantalones cortos de estampado militar. Hacía mucho calor. Me terminé el cigarro, cogí la cartera, el libro, mi culo gordo y me fui a la calle.

De camino me puse a buscar con mi teléfono qué libro cogería a continuación. Buscaba algo más de Kerouac, pero algo me vino a la mente. Pensé en cuando me recomendaron leerme Las cartas de la ayahuasca, la correspondencia entre Burroughs y Ginsberg durante los años 50. Se me iluminó algo ahí arriba, y enseguida tomé mi decisión.

Mientras iba de camino, escuchaba a 2Pac. De repente saltó una canción de Led Zeppelin que no me apetecía escuchar de ninguna manera. Fui saltando canciones. Me cansé. Pero me daba igual pues había llegado a la biblioteca. Antes de entrar, vi en la puerta una tía con un peinado de lo más estrafalario. No sabría describirlo. Pero bueno, al caso.

Entré por la puerta y el ambiente frío, silencioso y mortal de la biblioteca volvió a asediarme. Pasé por el detector de metales que ponen para que la peña no robe cosas y tampoco monten el atentado terrorista de la década. Para algo debe de ser. Antes de devolver el libro a los robots que atienden a la gente (porque deben serlo), pasé por una de las terminales y busqué el título del libro. Fui a buscarlo. Lo hice durante unos 5 minutos aproximadamente, y como era de esperar, me cansé y volví a la terminal.

Al volver, justo al mismo tiempo que lo hacía yo, una tía que debía medir 1,65m y con un tono de piel tipo gitana se apoderó del mío. Me puse en el ordenador de al lado. Se la veía inquieta se podría decir. De algún modo vi en ella que se encontraba en la misma situación que yo. Tecleó un poco, al igual que yo. Tras unos instantes me dijo:

-Perdona, ¿es posible que esté buscando un libro y que no esté, a pesar de que ponga que está disponible?

Durante un momento pensé que, joder, no soy el puto encargado ni nada de eso. Pero al mismo tiempo me compadecía de ella, ya que me estaba viendo en la misma situación que ella.

-Es bastante posible-reí- de hecho, es lo que me pasa a mí. Busca mejor, a mi siempre me pasa. Si la cosa va a la desesperada, habla con el encargado o pregunta en información. Seguro que te ayudarán.

-Ah vale. Gracias.

Sonrío y se fue. Bueno, nos fuimos, pues yo ya había dado con la localización del libro. Eso creía yo.

Tras buscar entre montones de ejemplares durante otros cinco minutos (mientras veía como la gitana buscaba lo suyo) me volví a rendir. A veces, buscar cosas da ganas de llorar de manera desconsolada. Sobre todo tratándose de libros. Simplemente son demasiados.

Fui a devolver el libro. El robot me atendió. Hablaba tan bajo que parecía un agente de policía infiltrado en la biblioteca que lleva un micro debajo de la camisa de cuadros azul que llevaba.

Vale, ya está.

-Bien.

Durante un momento casi me entraron ganas de reírme ahí mismo. Pude soportarlo y me fui al ordenador de nuevo. La gitana ya no estaba. De hecho, ya no la veía por ninguna parte.

Antes de dirigirme al mostrador de información y resignarme a sentirme como un auténtico estorbo, decidí volver a probar suerte con el ordenador. Creía saber dónde estaba el libro, pero en realidad no lo sabía. Existía cierta acción y algo de adrenalina en buscar un libro. Era una labor muy estresante.

Pero me resigné, y fui al mostrador. Ahí había dos modelos nuevos de robot. El primero era un robot el cual en un principio parecía sacado de las películas de Bollywood . La otra ‘’robot’’ era una mujer de unos 57 años, de unos 98 kilos, probablemente sudamericana y con pocas ganas de trabajar aparentemente. Me encontraba en una encrucijada. No sabía qué robot escoger. De algún modo, el robot hindú (si es que lo era) fue mi elección.

-Esto, disculpe…

-Un momento caballero.

Durante unos instantes tecleó algo en la pantalla y entonces se volvió a dirigir a mí.

-¿En qué puedo ayudarle?

-Buenas, mire, ando buscando un ejemplar hace ya bastante rato y no lo encuentro.

-¿Número de signatura?

-AP 929, creo.

-Vayamos a la terminal.

-De acuerdo.

Entonces caminé con él unos metros hasta la terminal, y aunque pueda parecer increíble, caminaba como un jodido robot. Su cuerpo formaba un ángulo de 90º con el suelo desproporcionadamente perfecto. Mis sospechas sobre los bibliotecarios androides eran ciertas al parecer.

-Escriba el nombre del libro.

Así hice.

-Mmm, debe de estar en la sección de biografías. Ven conmigo.

Caminé con él hasta la sección y de nuevo vi a un androide dentro de ese hombre. Empezaba a dudar de su condición mental. Llegamos a la estantería. Buscó un poco y al mismo tiempo que yo también lo encontraba, él lo hizo.

-Ahí lo tienes.

-Menos mal. Gracias.

En ese momento hizo una pequeña mueca que me sugirió una sonrisa. Quizás el momento de los androides no haya llegado aún. Me quedé más tranquilo.

En el instante en el que yo me dirigía de vuelta con mi libro, vi como la otra encargada robot acompañaba a la gitana a la búsqueda del suyo. Entonces, me acerqué de nuevo al mostrador de préstamos y volví donde se encontraba el androide prestamista.

-Para llevarme este.

-De acuerdo, un momento.

Mientras tanto saqué el carnet de la biblioteca. Uno de los múltiples procesos rutinarios de mi vida. Lo puse encima del mostrador. El encargado lo cogió, lo pasó por un lector y me lo devolvió. Nos despedimos mutuamente, aunque su voz no la pude oír muy bien. Al salir de la biblioteca, vi en una de las mesas a la gitana. La miré con el libro que había estado buscando. Me vio mirándola y giré hacía la salida. Fue gracioso.

Bajé las escaleras de la entrada y ya no estaba la mujer del pelo estrafalario. No me importaba lo más mínimo. Seguí andando hasta mi casa (está relativamente cerca) con mi chaqueta en la mano y todo el mundo mirando a un chaval que sale de la biblioteca sin mochila y con un libro en la mano. Parece que nunca hayan visto algo así. Y me refiero al libro.

De camino a mi casa pasé cerca del skatepark para ver si veía a mi colega patinando y así pasar a saludarlo. No estaba. Seguí a lo mío. Sin música. Caminaba a paso lento, mirando de vez en cuando el libro de Ginsberg y Burroughs, de algún modo para sentir que estaba a buen recaudo, y mientras con la mano apartaba los mosquitos y las moscas que se acumulaban en las zonas cercanas al parque que hay de camino a mi casa.

Por fin llegué a mi casa. Tiré el móvil a la cama. También la chaqueta, las llaves los auriculares y por poco me tiro a mi mismo ahí dentro. Me dirigí al cagadero con mi libro y me senté en él. Comencé a descargar de manera placentera todo lo que había en mi interior: mierda, estrés, meado, malos rollos…

En ese momento abrí el libro, pasé un par de páginas (esas donde vienen gilipolleces sobre la edición y demás) y de repente aluciné.

-Qué cojones es esto…

Había un párrafo escrito a bolígrafo azul justo debajo del título del libro. Decía:

Leer este libro mientras cago en el salón de mi casa es lo más liberador que he hecho… mi novia es un coñazo, no la soporto pero está buena, puedes apostar el culito que si estás leyendo este libro, estas tonterías te parecerán dignas de un genio loco.

Nos vemos en otro libro, amigo.

PD: por cierto, llevo 5 años ganándome la vida como narcotraficante (3 euros/gr cannabis)

Después de leer eso un par de veces más, intentando desentrañar la autoría, me rendí como en la biblioteca y seguí cagando. La mierda es un contrincante sencillo.

Y yo siempre gano.

 

 

 

 

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