Historia de un manicomio en mi cerebro

hannibal-y-policias

 

Me encontraba en el sitio de siempre, a la hora de siempre, con los de siempre. Llevaba ya un par de horas bebiendo cerveza y fumando hierba. Todo empezaba a dar vueltas y las cosas cada vez tenían menos sentido. Como siempre, empezando la casa por el tejado.

Llevaba 10 euros encima. La cantidad indicada para conseguir la droga deseada en cualquier momento.

El impulso estaba ahí. Ya casi iba a ello. A hacer la ruta, para volver y entrar al baño a hacer otra ruta distinta…

Gorio pegó un grito, como de costumbre:

-Villazón, espérate. Está dentro mi colega, el del LSD.

-¿Si?

La noche ya llevaba horas desarrollándose de manera extraña, con acontecimientos y personas poco deseadas. Entré y vi a su colega. Un hombre de aspecto cuanto menos digno de observación se encontraba sentado en uno de los bancos de la entrada, con una boina (¿lo era?) y una gabardina de cuero. Vamos, el típico atuendo que la policía quiere que los vendedores de droga tengan. Nos saludamos mutuamente.

-¿Tienes LSD?

12BI, es una variante menos potente. Todo más sensorial, con menos paranoias visuales.

-Guay. ¿Cuánto?

– 10.

– Hecho. Ahí lo llevas.

Sacó entonces un chivato de plástico y me lo dio. Dentro había una un pequeño trozo de papel secante impregnado en el ácido. Lo cogí. Ahora era el momento de hacer preguntas.

-¿Me lo tomo entero?

-Puedes tomarte medio, pero no te aseguro que vayas a sentir nada. Si eso te tomas la otra mitad.

-Entonces me lo tomaré entero.

Me introduje el ácido debajo de la lengua. Tenía un sabor amargo, pero no del todo desagradable.

-En aproximadamente 45 minutos o una hora empezarás a notar algo- me dijo él.

 

Le di las gracias y salí de allí a toda velocidad, aun con el cartón debajo de la lengua y caminando entre la gente con mucha energía.

Me di un paseo. Yo solo. Habrían pasado como unos 25-30 minutos. Aún no notaba nada conciso. Tan solo se me había dormido la lengua y poco más. Entonces volví a repu, y me encontré con Gregorio. Ya empezaba a notarme un poco más extraño. Más cercano a todos y a todo. Con la mente muy despejada.

Las personas me parecían sencillamente maravillosas. Todo el mundo me miraba, o al menos yo sentía que así eran las cosas.

Encontré a Gregorio (o él me encontró a mí, que es más probable). Me llevó a un sitio apartado donde no había  gente y empezó a preguntarme cosas que no recuerdo sobre cómo me sentía o lo que estaba viendo.

En ese preciso instante fue cuando TODO comenzó. Miré hacia arriba durante unos segundos, hacia las ventanas de un edificio. Visualmente las apreciaba como si tuviesen la textura de un cuadro, pero todo oscilaba cambiando las sombras de lugar. Había comenzado, desde luego.

 

Todos los recuerdos que tengo de las siguientes 6 horas (¿lo fueron?), están muy difuminados, así que me iré a la parte tétrica del viaje. A lo malo.

 

Había perdido a todos mis amigos. No tenía referencia de dónde estaba, hacía donde me tenía que dirigir, y lo mas estresante: no sabía cuanto tiempo me quedaba para volver a la normalidad.

El tiempo se distorsionó para mi. Los segundos eran eternos. Recorrer 100 metros equivalía a 30 minutos en mi mente.

Todo se tornó muy negativo. Una manía persecutoria se cernía sobre mí. Todas las personas me hacían sentir desconfianza. Absolutamente todo carecía de sentido en mi mente.

Complejos conocimientos y sensaciones atravesaban todo mi ser. Oía voces que no existían y me temo que también veía personas que no existían. La delgada capa que separa la realidad de la imaginación había desaparecido por completo y las cosas iban cada vez a peor para mí.

Cruzaba pasos de cebra corriendo ante la incertidumbre de a cuánta velocidad iban los coches y si iban a frenar o no. Los arboles estaban vivos, joder. Era totalmente incapaz de saber a donde tenía que ir para estar a salvo. Me sentía como uno de esos perros que abandona la gente en vacaciones a causa de no saber dónde dejarlos. Desde ninguna parte hacia ninguna parte.

 

Caos y locura eran el coctel que había en mi mente. El instinto suicida. El homicida. Yo y otros tantos en mi propia mente. Discusiones con mi propio ser. Meditando si estábamos en 2016 o en 1977. Atando cabos entre tanto sinsentido y locura. Debía encontrar a alguien conocido y anclarme a él lo más rápido posible. Ya no importaba que me tomasen por loco, tonto o drogadicto. Lo único que necesitaba era que alguien me hablase y me dijese que todo iba a salir bien. Que todo acabaría y que recuperaría mis facultades mentales sin ningún problema. Huía de mi propio manicomio interior.

 

Encontré a Dami, Juan y unos pocos más. No recuerdo cómo ni en qué condiciones. Pero me salvaron literalmente de la locura. Entonces me fume un porro y todo se hizo mucho más llevadero. Al menos ahora podía ignorar las voces y las personas que no existían (este es un detalle que suelo mantener en secreto cuando cuento la historia, pero ya iba siendo hora de asumirlo).

Ellos iban a su rollo y ahora todo iba mejor. Me sentía más libre que nunca y por primera vez tenía la sensación de que el mundo sería perfecto si todos fuésemos ciegos de LSD cada cuando. Imaginaba como habría sido la línea evolutiva del ser humano si hubiese descubierto el LSD hace 5000 años y ante mí se abría una visión pacifica de nuestra especie. En contacto con la naturaleza y toda la vida en general.

 

Al rato las idioteces paranoides comenzaron a aflorar en mi de nuevo a causa de que me sentía incómodo y solo aun estando con gente. Incluso mi mente llegó a eliminar visualmente a la gente con la que estaba. Tomé la decisión de irme a mi casa e intentar conciliar el sueño.

 

Al llegar disfruté intensamente del LSD dibujando, escuchando música y masturbándome.

 

Si hay algo que aprendes después de eso es que Dios no existe. Somos nosotros, dentro de nosotros.

 

 

P.D.: No me volví loco, creo.

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